Lecciones postsoviéticas

para un siglo postamericano

 

Dmitry Orlov 2005

Traducción Nobody, Chungalin y G. Tobar

 

 

La negación

 

Aunque esto se salga un poco del tema del colapso soviético y lo que pueda enseñarnos sobre el de EEUU, no puedo resistir decir unas pocas palabras sobre la negación, pues es un tema interesante. También espero que ayude a algunos de vosotros a ir más allá de la negación, siendo éste un paso valioso hacia la comprensión de lo que voy a decir aquí.

 

Ahora que hay muchas predicciones haciéndose realidad, más o menos en el plazo previsto, y que se está haciendo cada vez más difícil ignorar el firme aumento de los precios de la energía y las advertencias de todas clase de expertos en energías, la negación directa se está viendo gradualmente reemplazada por formas más sutiles de negación que se centran en evitar cualquier discusión seria y sensata sobre las consecuencias probables del cenit del petróleo y las formas en las que podremos sobrellevarlo.

 

En vez de eso, hay mucha discusión política sobre lo que «nosotros» deberíamos hacer. Ese «nosotros» en cuestión es algún tipo de reminiscencia del espíritu «los americanos pueden hacerlo»: un consorcio de agencias gubernamentales brillantemente organizadas, llevando a universidades, centros de investigación y corporaciones importantes a trabajar todas juntas hacia el objetivo de producir energía abundante, limpia y ecológicamente segura para cebar otro siglo de expansión económica. ¡Bienvenidos a la barraca de feria en los confines del universo!

 

Se oye a menudo que «podemos hacerlo si queremos». Lo más común es oírlo de boca de no especialistas, algunas veces de la de economistas y casi nunca de la de los científicos o ingenieros. Unos pocos cálculos en borrador bastan generalmente para sugerir lo contrario, pero aquí la lógica choca contra la fe en la Diosa Tecnología: ella nos salvará. En el altar erigido para ella hay ensamblados varios objetos para el ritual al espíritu del «podemos hacerlo»: una célula fotovoltaica, una celda de combustible, etanol y biodiésel. Junto al altar hay una caja de Pandora llena de carbón, arenas asfálticas, hidratos oceánicos y plutonio: si la Diosa se enfada, es el fin de la vida en la Tierra.

 

Pero miremos más allá de la simple fe y centrémonos en algo ligeramente más racional. Este «nosotros», esta entidad altamente organizada, energéticamente ultraalimentada y capaz de resolver sus problemas, se está quedando sin energía rápidamente y una vez que lo haga ya no será tan poderosa. Me gustaría sugerir que cualquier plan a largo plazo que intente resolverlo está condenado, simplemente porque las condiciones de crisis harán imposibles estos planes a largo plazo, lo mismo que los proyectos grandes y ambiciosos. Así pues, aconsejaría dejar de esperar la invención de algún dispositivo milagroso que poner bajo el capó de los 4x4 y en los sótanos de cada chalet de dos plantas, gracias al que podamos vivir más felices por siempre jamás nuestro sueño de habitar en una urbanización del extrarradio, que se está pareciendo cada vez más a una pesadilla.

 

El siguiente círculo de negación gira en torno a lo que inevitablemente debe ocurrir si la Diosa Tecnología nos falla: guerras en serie por los cada vez más escasos recursos. Paul Roberts, que está bien versado en el cénit del petróleo, nos dice lo siguiente: «Lo que los estados desesperados siempre han hecho cuando los recursos se hacen escasos... (es) luchar por ellos». No cabe siquiera discutir sobre si ya ha ocurrido antes, pero sí sobre si alguna vez llevó a algo más que a un inútil gesto de desesperación. Las guerras se comen los recursos y cuando los recursos ya son escasos, las guerras por los recursos son un ejercicio letal de futilidad. Es de esperar que ganen aquellos que ya dispongan de más recursos. No estoy diciendo que las guerras por recursos no ocurrirán. Lo que estoy sugiriendo es que serán inútiles y que las victorias en estos conflictos serán apenas distinguibles de las derrotas. También me gustaría decir que estos conflictos serían auto-limitantes: la guerra moderna consume cantidades asombrosas de energía y si los conflictos se dan sobre las instalaciones de petróleo y gas, estos acabarán destruidos, tal como ha pasado en Irak. Esto resultará en menos energía disponible y, en consecuencia, menos guerra.

 

Tomemos por ejemplo las dos últimas intervenciones de los EEUU en Irak. En cada caso, como resultado de las acciones de EEUU, la producción de petróleo iraquí declinó. Ahora parece que toda la estrategia es un fracaso. Apoyar a Saddam, luego combatirlo, luego imponerle sanciones y finalmente derrocarle, ha dejado los campos petrolíferos iraquíes tan dañados que el supuesto total extraíble estimado para el petróleo iraquí es ahora del 10-12% de lo que se pensaba que había en el subsuelo (según el New York Times).

 

Hay quien incluso sugiere una guerra de recursos con un «game over» atómico. En este punto soy optimista. Como pensó una vez el que fue Secretario de Defensa de los EEUU durante la presidencia de John F. Kennedy, Robert McNamara, las armas nucleares son demasiado difíciles de usar. Y aunque él trabajó muchísimo para que fueran más fáciles de utilizar con la introducción de pequeñas bombas tácticas de combate y cosas por el estilo y a pesar del reciente interés en «revienta-búnkeres» nucleares, todavía lían una buena y son difíciles de encajar en una estrategia sensata que conduzca a un mayor suministro de energía. Si se tiene en cuenta que las armas convencionales no han sido efectivas en este contexto, está poco claro cómo las armas nucleares podrían producir mejores resultados.

 

Pero esto son sólo detalles: el punto que realmente quiero subrayar es que proponer guerras por recursos, incluso en el peor escenario, es todavía una forma de negación. Lo que se estaría asumiendo implícitamente es: si todo lo demás falla, vamos a la guerra y ganamos, entonces el petróleo volverá a fluir y volveremos a nuestros negocios habituales al instante. De nuevo desaconsejaría esperar exitosos frutos de una acción militar global orientada a traer a los EEUU el mayor pedazo posible de carroña petrolífera.

 

Más allá de este último círculo de negación se extiende, como alguna gente te hará creer, un vasto territorio salvaje llamado el Colapso de la Civilización Occidental por el que cabalgan los cuatro jinetes del Apocalipsis. Aquí no hay negación sino escapismo: el anhelo de la gran escena final, un último capítulo heroico. Las civilizaciones colapsan -este es uno de los hechos mejor estudiados de ellas- pero como cualquiera que haya leído El declive y la caída del Imperio Romano te dirá, es un proceso que puede llevar siglos.

 

Lo que tiende a caer más bien de repente es la economía. Las economías, también se sabe que colapsan y lo hacen mucho más a menudo que las civilizaciones. Una economía no colapsa en un agujero negro del que ninguna luz escapa. En vez de eso, ocurre otra cosa: la sociedad comienza a reconfigurarse espontáneamente, se establecen nuevas relaciones, evolucionan nuevas reglas con el fin de encontrar un punto de equilibrio en una menor tasa de consumo de recursos.

 

Notemos que esta tendencia implica un alto coste humano: sin una economía, mucha gente se encuentra de repente tan indefensa como un recién nacido. Muchos mueren antes de lo que era habitual: algunos llaman a esto «marchitarse» [NdT. del inglés «die-off»]. Hay una parte de la población que es la más vulnerable: los niños, los viejos, los enfermos, los desequilibrados y los suicidas. Hay otra parte de la población que puede sobrevivir indefinidamente con insectos y cortezas. La mayoría de la gente estará entre los dos extremos.

 

Una vez que aceptamos la idea de que no nos esfumaremos en la nada, sino que el colapso económico dará lugar a unas economías nuevas, más pequeñas y más pobres, podemos comenzar a razonar sobre las diferencias y similitudes entre un colapso que ya ha ocurrido y el que está a punto de suceder. A diferencia de los astrofísicos, que pueden predecir fiablemente si una estrella determinada colapsará en una estrella de neutrones o en un agujero negro siguiendo medidas y cálculos, yo tengo que trabajar con observaciones generales y pruebas anecdóticas. Sin embargo, mi experimento de pensamiento me permite adivinar la forma general de la nueva economía y llegar a las estrategias de supervivencia que puedan ser útiles para cada uno o para pequeñas comunidades.

 

 

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